
Érase una vez una hormiguita que vivía en un agujerito. Ella no sabía como llegó a parar allí, pero sintió la necesidad, de repente, de salir fuera y buscar algo, no sabía el que, pero seguro que su intuición la ayudaría.
Empezó a salir del agujerito siguiendo una leve luz al fondo. Esa luz cada vez era más fuerte hasta que la cegó. Sin embargo, no tenía miedo porque sabía que era lo que tenía que hacer. Y, así, continuó hasta que, de pronto, dejó de sentir la humedad de aquel lugar y notó un calorcito muy agradable. Abrió los ojos, poco a poco, y subió la vista. Aquel era el mundo, lleno de colores, de seres increíbles y diferentes, lleno de vida. A la vez que sorprendida, estaba asustada, ya que todo lo que la rodeaba parecía ser más grande que ella, pero fue acostumbrándose y ya no tuvo tanto miedo porque todo le resultaba tan hermoso que pensó que era imposible que pudiera correr peligro. Caminó mucho con sus patitas y fue descubriendo todo ese genial mundo que había surgido de la nada, sus sentidos, sus habilidades, cosas que no sabía que pudieran existir: eran ella y ese gran lugar; increible que después de haber estado en aquel agujerillo fuese capaz de hacer todo aquello, pensó.
Pasó el día y aquel mundo empezó a apagarse. Al principio, se asustó, pero luego decidió regresar al agujero, por lo que pudiera ocurrir. Allí se escondió y descansó. Sentía frío, pero era seguro...
Y así cada día, cuando veía la luz iba a ver mundo y seguir descubriendo maravillas, pero cada noche regresaba de donde vino y recuperaba el aliento. Se sentía feliz de haber surgido, sin saber como, en aquella fantasía.