Desde que venimos a este mundo nos van inculcando costumbres, un lenguaje, unas tradiciones, una cultura, una ideología, una educación. Unas veces pesa más la cultura general, otras la educación específica, las tradiciones familiares... Sea como sea, somos calcamonías de las personas que nos rodean.
Pero luego llega la adolescencia, momento en el que nos dedicamos a echar por tierra todo lo que se han molestado en inculcarnos. Queremos ser contrarios a todo lo que nos han dicho que es correcto, a la ideología en la que nos hemos criado, en lo que sea, pero luchar contra algo, llevar la contraria. Es en este momento cuando nos separamos del camino allanado y empezamos a crear el nuestro propio, ansiamos independencia, aunque muchos no supiéramos vivir aún sin nuestros padres o familiares. Eso nunca se reconocerá.
Sin embargo, no todo el mundo está destinado, condicionado, preparado o como se diga, para continuar eternamente en ese camino. Luego llega otra etapa, pre-madurez, en la que no quieres luchar contra el poder, sino que empiezas a confirmarte como persona. Aquí decides, aquí es donde se manifiesta lo innato. No es malo volver a lo que fuimos, hay personas que no están hechas para luchar contra el sistema, porque en el fondo no son así. Se pasan años por ser quienes querrían ser, pero en el fondo no son. Y cuando llegan momentos de decisiones importantes es cuando se dan a conocer las personas de verdad, cuando se ve su fin en este mundo, eligen un camino que condicionará el resto de su vida. A todos nos llegará ese momento, y quisiera yo verme, que seguro que no es fácil. Sin embargo, yo siento que sí soy la persona por la que luché, no lucha un inconsciente en mi interior. Pienso que sí estaba destinada a ser lo que soy ahora... Quizá ya me llegó el momento de elegir, y ya estoy en mi camino, o mejor dicho, en uno de ellos. Por gracia o desgracia, nos quedan más caminos por elegir.
sábado, 20 de enero de 2007
Los caminos de la vida
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